El pasado lunes Laura me llamó para darme una mala noticia, algo que jamás me habría imaginado. Sin embargo, era cierto. Es cierto. Ante una noticia de estas características se te pasan muchas cosas por la mente, muchas y ninguna. En un homenaje a la que fue mi compañera de clase y amiga, Javier Rubio le dedicó ayer su columna de El Mundo. Estas son las palabras del periodista:La noticia, de la que no hallará el lector atisbo alguno
en estas páginas por íntima, recorrió la redacción como un chispazo
electrocutando ánimos y fundiendo los plomos del espíritu.
Cómo es posible que haya sucedido una cosa así,
cómo es posible que no nos hayamos enterado antes,
cómo es posible que nadie lo hubiera intuido, cómo es posible…
y se lo pregunta gente curtida, que lo mismo ha entrevistado
a criminales que a sus víctimas, gente experta en tratar con personas
y en descubrirles su flanco débil con sólo mirarlos a los ojos
en una rueda de prensa y que ahora se ha quedado sin certezas,
como en tinieblas, cavilando motivos, imaginando explicaciones.
Súbito nos ha venido a la mente una expresión pizpireta y
un rostro aniñado que ya no volveremos a ver.
Cada quien la ha recordado de una manera distinta,
pero en todos ha anidado una mariposa en el estómago,
esa crisálida que engendran a medias la rabia por un lado
y la angustia por el otro. En cuanto hemos abierto la boca,
después de la primera sorpresa, la trágica mariposa de enlutadas alas
se nos ha escapado en forma de incomprensión en unos,
de incredulidad en otros, de conmoción en todos.
Cada uno de nosotros podía referir
una anécdota diferente y, curiosamente también,
cada uno de nosotros ha aportado un adjetivo hasta completar
una imagen poliédrica de su personalidad: así era como la veíamos,
pero ya nunca sabremos cómo nos vio a nosotros aquellos dos veranos
en que hizo prácticas en la redacción que ahora enmudece y traga saliva.
Cada cual se ha aferrado a su trabajo y a completar la página,
aislados como un atolón de volcanes a los que permanentemente
se les tapona la erupción. Somos sólo la apariencia de nosotros mismo,
una fachada externa bajo la que es muy difícil adivinar
las fallas de un movimiento telúrico personal o
el magma incandescente de una pasión. Ese mundo interior que
apenas se asoma al brillo de una mirada o a una fugaz media sonrisa
y que apenas se intuye con la inmediatez y la futilidad
que impone a las relaciones personales ese desquiciado ritmo de vida
que pesa el tiempo y la calidez humana en el platillo de la balanza
de precisión con cicatería desmedida.
Quizá no hubiéramos podido hacer mucho más
para impedir una muerte tan desabrigada, quizá no
hubiéramos hecho lo suficiente para evitarla.
Quizá no sabemos a estas alturas de qué estamos hechos ni nosotros
mismos, temerosos de mirarnos los adentros.
Puede que no seamos más que una brizna de hierba en la pradera,
apenas una gota de rocío que queda entre esas mismas hojas por la mañana,
motas de polvo intergaláctico como nos enseñaban en la televisión
cuando la ciencia le ganaba la partida a la superchería. Pero puede también
que seamos el último vaho del primer soplo vital de una consciencia
omnisciente y omnipotente y, en tal caso, toda esta existencia disparatada
abismada en la entropía tenga algún sentido. Sólo entonces podremos
soñar con que la mariposa negra que se nos ha escapado se convertirá
de nuevo en oruga y de su crisálida nacerá un nuevo imago
con las alas de colores desplegadas para siempre como era Marta.
Javier Rubio
El Mundo, 22 de Noviembre de 2005